ISBN: 9789563629262
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En las profundidades del tiempo, cuando la materia apenas despertaba y el cielo buscaba un nombre, surgió una figura destinada a guiar a los hombres hacia la luz: Quetzalcóatl, la Serpiente de Pluma Preciosa.
En este poema monumental, Carlos Johnson Bordalí convoca su espíritu para devolvernos el latido antiguo de Mesoamérica, donde los dioses caminaban entre volcanes y los hombres buscaban elevar su conciencia hasta las alturas del cosmos.
Quetzalcóatl, La Serpiente de Pluma Preciosa – Los Cuatro Dioses Tezcatlipoca es un viaje a la creación del mundo, al origen de la dualidad divina y al combate eterno entre las fuerzas que sostienen el orden y el caos. Desde la pureza luminosa del dios tolteca hasta la presencia imponente de los Tezcatlipocas —rojo, negro y azul— y las sombras que acechan desde lo profundo, cada verso revela un universo vibrante, poderoso, lleno de presagios y revelaciones.
Con un lenguaje que brilla como jade y obsidiana, Johnson hace resurgir los cantos sagrados de los antiguos pueblos americanos, recordándonos que la identidad de nuestra tierra nace de un mestizaje de mitos, luchas y visiones compartidas.
Este libro no solo narra la historia de un dios: invita al lector a despertar su propio fuego interior y a caminar, junto a la Serpiente Emplumada, hacia un horizonte de conciencia y trascendencia.
Una obra imprescindible para quienes buscan reencontrarse con la raíz profunda de América y dejarse llevar por una poesía que vibra con la fuerza de un antiguo corazón continental.
LA VOZ DE LOS ANTEPASADOS PRECOLOMBINOS
Tal vez sea Chile el país latinoamericano más privilegiado por su poesía épica. Desde la Araucana, Arauco domado, Purén Indómito durante los días de la Conquista, hasta el Canto General de Neruda y el Poema de Chile de Gabriela Mistral en el siglo pasado.
Por eso no resulta insólito que el poeta Carlos Johnson Bordalí, se haya atrevido a escribir un largo poema sobre la figura y contenido mítico y religioso del dios Quetzalcóatl, de la cosmogonía azteca también llamada Serpiente Emplumada.
¿Por qué el mito de la serpiente emplumada -y la misteriosa historia del hombre blanco que lo reencarna- sigue conmoviendo de Alaska a la Patagonia, a todos los pueblos nativos de América? Aunque para algunos solo sea un nombre difícil de pronunciar, las interrogantes que plantea la figura de Quetzalcóatl, a caballo entre la historia y el mito, son tan complejos y extensos como fascinantes. Fue probablemente en el mes de marzo de 1517, con la llegada de Francisco Fernández de Córdoba al Yucatán, cuando los españoles tuvieron las primeras noticias de Quetzalcóatl. Al parecer, entre los mayas, el sacerdote encabezó una corriente nacida del espíritu puro, venida de la ciudad de Tula -Capital de los toltecas-, como reacción a la vida lujuriosa y desordenada que se intentaba imponer en esa ciudad -antes de la fundación de Tenochtitlan, hoy D.F. México-, y que ocasionaría la ruina de la civilización y el imperio tolteca. Fue a Quetzalcóatl, dios del bien, de la fertilidad agrícola y de la cultura, a quien se le atribuye la concepción de una doctrina teológica acerca del dios supremo como única base moral, concebido como un principio dual, masculino y femenino a la vez, capaz de engendrar y concebir todo cuanto existe. Así, la doctrina de Quetzalcóatl se constituyó en el hombre consiente, es decir, el individuo alcanzando la categoría de ser celeste por la evolución del ser interior como meta suprema. Quetzalcóatl nunca permitió los sacrificios humanos -los que después fueron muy frecuentes y sangrientos llevados a cabo por los aztecas en su guerra florida-, imprimiendo en el espíritu de los toltecas un profundo sentido de austeridad y misticismo, y conduciéndoles al recogimiento y al ejercicio constante de los deberes religiosos.
Carlos Johnson ha logrado un largo poema épico donde el autor, con benedictina paciencia y voluntariosa abnegación, narra poéticamente aspectos del sentido benéfico y a la vez punitivo de esta poderosa figura compartida con la de otros dioses aztecas.
En esta cosmogonía, entre otros, aparecen en el poema las figuras igualmente poderosas y significativas de los dioses Tezcatlipoca rojo, Tezcatlipoca negro, y Huitzilopochtli -el Tezcatlipoca azul-, dioses del cielo, de la tierra, de la guerra, y del mundo de la conciencia.
El poema comienza con una descripción genésica, anterior a la presencia material del dios, especie de protoplasma que anuncia su aparición:
El reptil está erguido / se inflama en el campo / aparece sobre las piedras / como la materia que emerge…
Luego, el poema continúa con la descripción de los atributos benéficos de la divinidad:
Ometéotl / dios de la dualidad / masculino y femenino / padre de todos los Dioses…
En algunas partes del texto percibimos la influencia benéfica de Las Alturas de Machu Picchu, por una serie de versos donde las metáforas se suceden formando una estrofa rítmica donde se unen sonido y sentido:
(…) curanderas de las yerbas / remedio de los males / artesana de las flores / rescoldo del hogar / corazón de jade / agua de colores / estrella del sueño / manos de turquesa / plumas del quetzal…
Pero igualmente aparecen los elementos negativos de la deidad:
Tzitzimicíhuatl / Mujer infernal / ruina de tierra nocturna / la que empece a niños / a hombres y mujeres / con pestilencias / y terror de piel…
Nada falta en esta abigarrada condición benéfica o maléfica de los distintos dioses, en este largo poema épico-lírico descriptivo de las diferentes figuras de múltiples caras y condiciones de Mesoamérica.
Aparte del mérito formal e interpretativo de este largo poema, su escritura nos habla de una fuerte vocación latinoamericanista, donde se celebra la cosmogonía de un gran país del Nuevo Mundo con fuerte influencia precolombina como es México. Y éste es el primer mérito para los chilenos que tan poco conocemos y nada nos hemos interesado por la cultura y la tradición mapuche, cultura que, sí no nos dejó grandes obras de arquitectura, nos legaron una cosmogonía igualmente valiosa por su contenido pedagógico y el valor ético y formal de la palabra hablada.
He aquí uno de los puntos de contacto más significativos de nuestros países que nos diferencia de Europa y nos enseña como destino la unión política, económica y cultural de nuestras naciones con un antepasado indígena común, a pesar de las diferencias entre los pueblos originarios de México, Perú y Chile. Todos participan de una cosmovisión semejante, con mitos comunes y una visión similar de los antepasados y de la naturaleza.
Lo anterior coincide plenamente con las palabras de Carlos Fuentes, el gran ensayista y novelista mexicano:
«Todo el problema de la identidad de América Latina se da alrededor de un punto fundamental: reconocer la existencia de nuestra diversidad y nuestro mestizaje. Allí radica toda nuestra riqueza«.
Jaime Valdivieso