ISBN: 9789563191172
$15.000
1 disponibles
El Libro Bahía de la Luna reencanta Valparaíso al revelarlo como un puerto único y mítico, tejido de memoria, identidad y sentido social. Con profundo afecto por su gente, Carlos Johnson entrelaza realidad y mito para recorrer cerros, calles y ambientes con autenticidad, armonía y un ritmo que respira al compás de la ciudad. Surge así un Valparaíso indomable y luminoso, lejos de los estereotipos, donde los contrastes muestran su verdad más íntima. Estos poemas convierten al Puerto —refugio de navegantes, poetas y soñadores— en una declaración de amor a una ciudad que, pese al abandono, persiste como utopía, destino y hogar.
UN PUERTO CANTADO AL FILO DEL 2000
Puerto literario, desde que nació fue bautizado por un buscador del Edén como el Valle del Paraíso. La idea de la utopía salta a la vista. Para el fundador, ese sitio resultaba el ideal para hacer realidad el gran sueño, el ansia de felicidad. Ese óleo y esa crisma domicilió allí la radiante esperanza. Se lo puso un poeta revestido de armadura.
Puerto de siete mares, figura desde el siglo XVI en antiguas cartas de navegación, señalado por una rosa de los vientos. Muchas generaciones de tripulantes aventureros lo han entonado en canciones marineras y su nombre ha sido invocado en lenguas extranjeras como la visión de la arribada a la bahía feliz. Se convirtió en una palabra mágica que salía de la boca de sobrevivientes que daban la vuelta al mundo, enfrentando los huracanes del Cabo de Hornos y la travesía del Estrecho.
Durante casi cuatro siglos, antes de la apertura del Canal de Panamá, era la estación obligada de los más osados surcadores del océano. Después se agregó a su imagen el signo de la nostalgia y se convirtió en tema de poetas, novelistas, pintores, músicos, cineastas. Un holandés volador, Joris Ivens, proyectó al celuloide sus cerros, el mensaje de los vientos y de la humanidad diaria. El doctor Francia le dedicó su amor. Este Valparaíso que Neruda interpela como un enamorado y se permite la familiaridad de decirle ¡qué loco eres!, continúa siendo el atalaya que desde lo alto indica a los barcos perdidos su camino y los deriva a buen puerto.
Hace un siglo, el joven Rubén Darío estuvo trabajando formalmente como aduanero en Valparaíso. Pero, en verdad, por debajo y encima de los papeles de recepción o despacho de mercaderías, preparaba las alas para el prodigioso vuelo de Azul.
Durante el siglo XX ha sido la musa de cien poetas y también tierra natal de muchas voces altas. Son tantos esos nombres inolvidables que solo una larga memoria y un texto de muchas páginas podría registrarlos.
Por él ha pasado haciendo de las suyas el tiempo de cuatro siglos. Cada generación ha encontrado el tono para decir su palabra. Ningún temporal deshecho ha sido capaz de cortarle el aliento poético, de cortar el hilo encantado que va uniendo en un largo collar interminable la lista de los poemas que ha inspirado.
Ahora Carlos Johnson Bordalí sale a navegar por la bahía de la luna. Todo el libro de principio a fin es una declaración de amor a su puerto. Se trata de una pasión colectiva que hace del porteño un patriota absoluto de la ciudad inconfundible. En diferentes latitudes surgen esas cofradías fuertes y orgullosas que hablarán por las noches, conversando a veces una botella, del cerro, del rincón que están echando de menos.
Donde quiera que fuese y aunque muriera en regiones lejanas, junto a un lago remoto, en Italia, estaría recordándolo el que compuso, cantó y escribió para siempre el más bello himno a Valparaíso. Carlos Johnson abre la marcha con una Elegía para un Gitano Enamorado, ese Osvaldo Rodríguez, que sigue cantando en cien reuniones, multiplicando la añoranza por el puerto que cobijó su infancia.
Es cierto que el siglo XX ha tratado mal a la ciudad-mar con más carácter y perfil propio de Chile. El drama del abandono tendrá que anotarlo el poeta para reiterarle su fidelidad inquebrantable: Valparaíso empobrecido, ¡cuánto te amo!
Por estas páginas claras vaga la melodía de sus toponimias. Las Monjas juguetonas/ perseguían Mariposas. Música de los nombres que será recordada a partir de los atardeceres en el Valparaíso Eterno, que sigue bautizando bares, bohemias y locuras.
No todo es tristeza. Hay también mucho goce. La exaltación de la marisquería sensual, por ejemplo. Si Neruda escribió su Oda al Caldillo de Congrio, se rememora y celebra aquí el corazón de la cholga, porque en medio del sufrimiento está también la necesidad de seguir viviendo, defendiendo y rescatando un puerto que siempre será para los suyos golpe de espuma, olor a sal, bramido del viento sur golpeando las caras a la hora de las tempestades frenéticas y de los momentos más personales.
Carlos Johnson traza una fotografía externa e íntima, subjetiva, del puerto de los mil ángulos. Penetra por los recovecos del corazón marino y urbano. Estampa el testimonio del sentimiento que hace del porteño un amante incondicional de su ciudad, de la difícil vida popular y de sus públicos encantos. El puerto es y seguirá siendo una capital irrenunciable de los anhelos que animaron a sus fundadores. Nunca abandonará el sentido de utopía que meció su cuna. Nunca renunciará a su deber, tal vez imposible, de ser el Valle del Paraíso.
Aquí canta Carlos Johnson, perteneciente a la generación final del siglo XX. El mismo y otros vendrán mañana a decir su Valparaíso del Tercer Milenio, porque así de porfiado es el Puerto.
Volodia Teitelboim