ISBN: 978-956-396-179-9
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La epopeya de un niño indígena que de andar en canoa pasó a andar en avión y dirigir el destino de su pueblo: los kawésqar. Su educación rudimentaria en la base de aviación de los canales, donde llegó la canoa de sus padres. Su instrucción a cargo de sacerdotes misioneros. El bulling a que fue sometido en las escuelas de Punta Arenas. El ser apadrinado por el presidente de la República. Sus estudios en la Fuerza Aérea, vuelto con mando a la base a cuyo alrededor estaba el campamento kawésqar, reencuentro con sus padres y viejas amistades. La rebelión contra un sistema de cosas que mantenía aletargado al espíritu de su pueblo.
Con pasajes de comedia, tragedia, drama y epopeya, se nos muestra un drama que conlleva resonancias psicológicas, históricas, sociológicas y políticas. El personaje principal es equivalente a un héroe. Se llamó Terwa Koyo y nada más (casi un apodo, pues jamás tuvieron los indígenas canoeros necesidad de identificarse con apellidos y genealogías). Pero la chilenidad lo bautizó Lautaro (como el líder mapuche que luchó contra los conquistadores) y Edén (como el paraíso original).
Esta es su vida, investigada durante años por un autor que debió enfrentar recelos y completar grandes vacíos de información. Este texto ha obtenido el premio especial de Escrituras de la Memoria de Chile.
Existe –en la zona de los canales- una historia famosa y desconocida, a la vez inmensa y mínima, que tiene pasajes de comedia, tragedia, drama y epopeya, y conlleva resonancias psicológicas, históricas, sociológicas y políticas. El personaje principal es equivalente a un héroe. Se llamó Terwa Koyo y nada más (casi un apodo, pues jamás tuvieron los indígenas canoeros necesidad de identificarse con apellidos y genealogías). Pero la chilenidad lo bautizó Lautaro (como el líder mapuche que luchó contra los conquistadores) y Edén (como el paraíso original).
Un escenario de esta gesta –ya los nombres describen el paisaje- es la zona de Ultima Esperanza, entre el Golfo de Penas y la Isla Desolación. Si quebráramos un espejo de setecientos kilómetros y pensáramos que cada trozo es una isla, isleta, roca, roquerío, bajo, banco, témpano, escollo, campo de hielo, punta, cabo, arrecife, etc, tendríamos un reflejo de la increíble conflagración que fundió en esos lugares al territorio, maritorio y hielitorio y a la vez lo separó en cientos de miles de canales. Ahí, en cuatro vastas zonas, vivían los nómades canoeros.
Los personajes secundarios son tan interesantes como el principal. Un sargento de Aviación que vino desde Quintero, en el centro del país, a hacerse cargo por cuatro meses de una nueva base de hidroaviones, y se quedó trece años ejerciendo en toda esta inmensidad una potestad sin contrapeso que le produjo profundos cambios psicológicos. Un sacerdote salesiano que luego de ser profesor de música decidió partir en misiones móviles a evangelizar a los indígenas de toda Tierra del Fuego, transformándose él mismo en nómade y testigo de la aniquilación. Y –como personajes de fondo- los loberos; los balleneros, los nutrieros, los aviadores (que en esta tierra de aguas siempre se sintieron ajenos), los marinos en sus faros y barcos; las autoridades políticas y militares del país, que –desde lejos, con increíbles desaciertos- intentaban “chilenizar”… y los kawésqar, que en el área norte sólo habían tenido contacto regular entre ellos y, ocasionalmente, con otros nómades de canoa, como los chonos. Aunque de pronto vieron transformado su mundo: llegaron los faros, llegaron las goletas loberas… Llegaron los aviones.